por Nikola Tesla
New york American – 6 de Julio de 1930
 
 

Cuando un niño nace, sus órganos sensitivos son puestos en contacto con el mundo exterior.

Las ondas de sonido, calor y luz golpean sobre su débil cuerpo, sus sensibles fibras nerviosas tiemblan, los músculos se contraen y se relajan en obediencia: un grito de asombro, una respiración, y en este acto, un pequeño y maravilloso motor, de inconcebible delicadeza y complejidad de construcción, como nada en la tierra, se engancha a la rueda de trabajo del Universo.

El pequeño motor trabaja y crece, realiza operaciones cada vez más implicadas, se vuelve sensible a influencias siempre más sutiles, y ahora se manifiesta en un ser completamente desarrollado – hombre – un deseo misterioso, inescrutable e irresistible: para imitar la naturaleza, para crear, para trabajar las maravillas que percibe.

Inspirado en esta tarea, él busca, descubre e inventa, diseña y construye, y enriquece con monumentos de belleza, grandeza y temor, la estrella de su nacimiento.

El desciende a los intestinos del globo para traernos sus tesoros ocultos y abrir sus inmensas energías prisioneras, para su uso.

El invade las oscuras profundidades del océano y las azules regiones del cielo.

El mira con fijeza los escondrijos y grietas más íntimas, y hace un hueco en la estructura molecular para mostrar mundos infinitamente remotos. El somete y pone a su servicio la fiera y devastadora chispa de Prometeo, las fuerzas titánicas de la cascada, el viento y la marea.

El amansa el rayo de Jove, que truena, y aniquila tiempo y espacio. El hace al mismo sol su obediente y seguidor esclavo. Tal es el poder y podrían los cielos reverberar, y hacer que tiemble la tierra entera por el mismo sonido de su voz.

¿Qué es lo que guarda el futuro, para este extraño ser, nacido de un aliento, de fino tejido perecedero, y sin embargo inmortal, con sus poderes temerosos y divinos? ¿Qué magia será labrada por él al final? ¿Qué será su mayor hecho, su logro de coronación?

Hace tiempos, el reconoció que toda la materia perceptible viene de una sustancia primaria, de una tenuidad más allá de la concepción – El Akáshico, o el luminiscente éter – el cual actúa sobre el Prana, dador de vida, o fuerza creativa, llamando a la existencia, en interminables ciclos, todas las cosas y los fenómenos.

La sustancia primaria, tirada en infinitesimales remolinos de prodigiosa velocidad, se convierte en gruesa materia; la fuerza que se desploma, el movimiento cesa y la materia desaparece, revirtiéndose a la sustancia primaria.

¿Puede el hombre controlar su magnífico, y más inspirador terror de todos los procesos en la naturaleza? ¿Puede el atrapar sus inagotables energías para ejecutar todas sus funciones a su comando, más todavía – ¿Podrá el refinar sus métodos de control como para hacerlas funcionar simplemente por la fuerza de su voluntad?

Si el pudiera hacer esto, tuviera casi ilimitados y sobrenaturales poderes. A su comando, pero con un leve esfuerzo por su parte, los viejos mundos desaparecerían, y nuevos, salidos de su planeamiento, saltarían a ser.

El podría reparar, solidificar y preservar las formas etéreas de su imaginación, las efímeras visiones de sus sueños. El podría expresar todas las creaciones de su mente, a cualquier escala, de formas concretas e imperecederas.

El podría alterar el tamaño de este planeta, controlar sus estaciones, guiarlo a lo largo de cualquier camino que el escogiese, a través de las profundidades del Universo.

El podría hacer colisionar planetas, y producir sus soles y estrellas, su calor y su luz. El podría originar y desarrollar vida en todas sus infinitas formas.

Para crear y para aniquilar sustancia material, causar que se agregue en formas, según su deseo, sería la suprema manifestación del poder de la mente del Hombre, su triunfo más completo a través del mundo físico, el logro de su coronación, lo cual lo colocaría en su lugar a lado de su Creador y satisfacer su último destino.

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