“Pintor, si quieres asegurarte un lugar predominante en la sociedad, debes necesariamente, desde tu más tierna juventud, darle una terrible patada en la espinilla derecha.”

  Salvador Dalí – Jirafa Ardiendo, 1936-1937

Salvador Dalí – La Main (Les Remords de Conscience), 1930

Salvador Dalí – El Sueño, 1937

Salvador Dalí – Muchacha en la Ventana, 1925

Salvador Dalí – Nature Morte Vivante, 1956

Salvador Dalí – The Persistence of Memory, 1931

Salvador Dalí – Momento de Transición, 1934

Salvador Dalí – Cisnes Reflejando Elefantes, 1937

El Marquis de Púbol, construyó a través de su obra cientos de escenarios de la vida irreal, vida surreal de objetos metamórficos, sensuales y exhuberantes.  Íconos y símbolos dispuestos en cielos inspirados en sueños o viajes alucinantes de la genial mente del pintor.

Su determinación, su pasión y su talento desbordante lo dirigieron constantemente a explorar el arte por todos sus rincones; la pintura, el cine, la fotografía, la escultura, la literatura… Y a representar en el gran teatro de su vida al monarca, al emperador extravagante, al loco excéntrico entregado a los lujos y placeres profanos.

Inspirado en el talento y entusiasmo de los grandes maestros, insistió fírmemente en la profundidad y el sentido de la obra y lo defendía con vehemencia, increpando e instando a otros artistas, quienes consideraba faltos de consciencia, condescendientes y complacientes con el público y la crítica.

“…
Para que las fuerzas vitalmente heterogéneas y antiacadémicas del arte moderno no perezcan en el ridículo anecdótico del simple diletantismo experimental y narcisista, hacen falta tres cosas esenciales:
 
1.° Talento, y a ser posible genio.
2.° Volver a aprender a pintar tan bien como Velázquez y a poder ser como Vermeer.
3.° Poseer una cosmogonía monárquica y católica lo más absoluta posible y de tendencias imperialistas.
 
Sólo así, nietzscheanos al revés, es decir, aspirando a lo sublime, observaremos a simple vista y «del natural», al arcángel antiprotónico tan divinamente estallado que finalmente podremos hundir nuestras manos de pintor entre los cromosomas fisionados de su sustancia ruiseñoresca para tocar con nuestros dedos doloridos e hinchados de sangre el tesoro discontinuo y deseado desde nuestra juventud.
 
Y creyendo, como Soeringe, que imperamos sobre todas las cosas por nuestra voluntad de poder en potencia, sé que entonces alcanzaremos nuestra propia divinidad de pintores.”
                                      
 

Salvador Domènec Felipe Jacinto Dalí i Domènech; la originalidad, el surrealísmo, la genialidad fogosa y sorprendente, la irreverencia.  Provocador único, ante el cual no tuvo ni tiene lugar la indiferencia.

 

Philippe Halsmann – Dalí y el Rinoceronte, 1956

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