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“Enseño únicamente sobre el sufrimiento y el final del sufrimiento”, decía Sakyamuni, y enunciaba las Ariya – Sacca,  las Cuatro Nobles Verdades, que forman una sola:

 

La primera Noble Verdad es dukkha, la naturaleza de la vida es sufrimiento. Ésta, oh monjes, es la Noble Verdad del Sufrimiento.

La segunda Noble Verdad es el origen de dukkha, el deseo ciego “tanha” y el apego “upadana”. Esta, oh monjes, es la Noble Verdad del Origen del Sufrimiento.

La tercera Noble Verdad es la cesación de dukkha, alcanzar el Nirvana, la Verdad absoluta, la Realidad última. Esta, oh monjes, es la Noble Verdad de la Cesación del Sufrimiento.

La cuarta Noble Verdad es el Sendero que conduce al cese del sufrimiento y a la experiencia del Nirvana. Esta, oh monjes, es la Noble Verdad del Noble Óctuple Sendero, Ariya – Atthangika – Magga.

 

Comprensión Recta, Samina ditthi
Pensamiento Recto, Samma sankappa

Palabra Recta, Sammma vaca
Acción Recta, Samma Kammanta
Modo de Vida Recto, Samma ajiva

Esfuerzo Recto, Samma vayama
Intención Recta, Samma sati
Concentración Recta, Samma samadhi

 

Sakyamuni

 

Enseñanzas de Siddharta Gautama en Benarés, luego de alcanzar la iluminación bajo el Árbol Bo.
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Larga es la lista como largo el teclado, blancas y negras, marfil y caoba; vida de tonos y semitonos, de pedales fuertes y sordinas. Como el gato sobre el teclado, cursi delicia de los años treinta, el recuerdo apoya un poco al azar y la música salta de aquí y de allá, ayeres remotos y hoyes de esta mañana (tan cierto, porque Lucas escribe mientras un pianista toca para él desde un disco que rechina y burbujea como si le costara vencer cuarenta años, saltar al aire aún no nacido el día en que grabó Blues in Thirds).
Larga es la lista, Jelly Roll Morton y Wilhelm Backhaus, Monique Haas y Arthur Rubinstein, Bud Powell y Dinu Lipati. Las desmesuradas manos de Alexander Brailovsky, las pequeñitas de Clara Haskil, esa manera de escucharse a sí misma de Margarita Fernández, la espléndida irrupción de Friedrich Guida en los hábitos porteños del cuarenta, Walter Gieseking, Georges Arvanitas, el ignorado pianista de un bar de Kampala, don Sebastián Piaña y sus milongas, Maurizio Pollini y Marian McPartland, entre olvidos no perdonables y razones para cerrar una nomenclatura que acabaría en cansancio, Schnabel, Ingrid Haebler, las noches de Solomon, el bar de Ronnie Scott, en Londres, donde alguien que volvía al
piano estuvo a punto de volcar un vaso de cerveza en el pelo de la mujer de Lucas, y ese alguien era Thelonious, Thelonious Sphere, Thelonious Sphere Monk.
A la hora de su muerte, si hay tiempo y lucidez, Lucas pedirá escuchar dos cosas, el último quinteto de Mozart y un cierto solo de piano sobre el tema de I ain’t got nobody. Si siente que el tiempo no alcanza, pedirá solamente el disco de piano. Larga es la lista, pero él ya ha elegido. Desde el fondo del tiempo, Earl Hiñes lo acompañará.

Lucas, sus pianistas
Júlio Cortazar – Un Tal Lucas, 1969