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En el fluir del río cuando los peces saltan nuestro universo danza,
en el sutil mecer de una hoja que cae,
o a la velocidad de la luz con los planetas que persiguen su estrella,
como esplendor energizante en cada gota que revienta con la ola,
es un giro,
es un salto, es el ritmo,
la música viva, es la montaña con su baile milenario,
el latido de la flor que peregrina expulsa sus semillas
al compás infinito del éter…

Edgar Degas, Yellow Dancers In the Wings-1874-76

Edgar Degas, Yellow Dancers In the Wings

Edgar Degas, Two Dancers-1898-99

Edgar Degas, Two Dancers

Edgar Degas, The Star-1879-81

Edgar Degas, The Star

Edgar Degas, The Russian dancers-1895

Edgar Degas, The Russian dancers

Edgar Degas, Swaying Dancer-1877-79

Edgar Degas, Swaying Dancer

Edgar Degas, Dancers-1884-85

Edgar Degas, Dancers

Edgar Degas, Dancer-1874

Edgar Degas, Dancer

Edgar Degas, Dance Class-1873-76

Edgar Degas, Dance Class

Edgar Degas, Blue Dancers-1890

Edgar Degas, Blue Dancers

Edgar Degas, Ballerinas-1899

Edgar Degas, Ballerinas

Edgar Degas, Ballerinas-1880

Edgar Degas, Ballerinas

Edgar Degas, Arabesque -Modeled 1885-90

Edgar Degas, Arabesque

Edgar Degas, Self_portrait-1850s

Edgar Degas, Self portrait

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Erik Satie, Trois Gymnopédies
1888 
 
Erik Satie
Erik Satie, Suzanne Valadon
1893

“A finales del año 1612, en una fría mañana de diciembre, un joven, pobremente vestido, paseaba ante la puerta de una casa situada en la Rue des Grands-Augustins, en París. Tras haber caminado harto tiempo por esta calle, con la indecisión de un enamorado que no osa presentarse ante su primera amante, por más accesible que ella sea, acabó por franquear el umbral de aquella puerta y preguntó si el maestro Françoise Porbus estaba en casa. Ante la respuesta afirmativa que le dio una vieja ocupada en barrer el vestíbulo, el joven subió lentamente los peldaños, deteniéndose en cada escalón, cual un cortesano inexperto, inquieto por el recibimiento que el rey va a dispensarle. Al llegar al final de la escalera de caracol, permaneció un momento en el rellano, perplejo ante el aldabón grotesco que ornaba la puerta del taller donde, sin lugar a duda, trabajaba el pintor de Enrique IV que María de Médicis había abandonado por Rubens. El joven experimentaba esa profunda sensación que ha debido de hacer vibrar el corazón de los grandes artistas cuando, en el apogeo de su juventud y de su amor por el arte, se han acercado a un hombre genial o a alguna obra maestra. Existe en todos los sentimientos humanos una flor primitiva, engendrada por un noble entusiasmo, que va marchitándose poco a poco hasta que la felicidad no es ya sino un recuerdo, y la gloria una mentira. Entre estas frágiles emociones, nada se parece más al amor que la joven pasión de un artista que inicia el delicioso suplicio de su destino de gloria y de infortunio; pasión llena de audacia y de timidez, de creencias vagas y de desalientos concretos. Quien, ligero de bolsa, de genio naciente, no haya palpitado con vehemencia al presentarse ante un maestro siempre carecerá de una cuerda en el corazón, de un toque indefinible en el pincel, de sentimiento en la obra, de verdadera expresión poética. Aquellos fanfarrones que, pagados de sí mismos, creen demasiado pronto en el porvenir, no son gentes de talento sino para los necios. A este respecto, el joven desconocido parecía tener verdadero mérito, si el talento debe ser medido por esa timidez inicial, por ese pudor indefinible que los destinados a la gloria saben perder en el ejercicio de su arte, como las mujeres bellas pierden el suyo en el juego de la coquetería. El hábito del triunfo atenúa la duda y el pudor es, tal vez, una duda.

…”

de “La Obra Maestra Desconocida”
Honoré de Balzac, 1831
 
 
 
 
 

Nicolas Poussin – The Shepherds of Arcadia – 1638

 
 
 

Jan Gossaert “Mabuse” – Young Girl with Astronomic Instrument – 1520